Camina solo por un pasillo de árboles secos por el otoño que no se va nunca, las hojas crujen bajo sus pies mientras respira profundo, buscando aire. Se toma el pecho una y otra vez, se limpia el sudor de la frente mientras avanza con pasos pesados y difíciles. Nadie alrededor. La mirada se torna borrosa, los pensamientos difusos, viene el mareo.
Y pensar, se dice, que viví como si no hubiera final. La brisa apenas mueve las copas de los árboles y produce un crujido que trae paz, una suerte de tranquilidad en la desesperación de no encontrar quién lo ayude.
Resuena un tambor en algún lugar de la maleza, no distingue de dónde proviene, se limpia nuevamente el sudor de la frente y cae de costado como un costal. Mira el cielo entre las hojas con las pupilas temblorosas por la impaciencia, podría haberse salvado. Salvado de qué, piensa. Su vida no le pasa en un segundo, solo el cielo, el silencio y el tambor que se vuelve parte del silencio.
Ni siquiera intenta gritar, no tiene voz, no tiene fuerza, no tiene voluntad. Inclina la cabeza y apoya la mejilla sobre el pasto. El pasto, nunca apoyé la mejilla en el pasto, nunca acaricié la tierra. El dolor le invade el estómago, el pecho, la cabeza y los brazos, encoje y estira las piernas. Las hojas secas bailan a su alrededor y lo acarician, el dolor se disipa, se disipa, se disipa.
Parece como si fuera la escena final de Into the wild; no es la misma, pero similar.
Abrazo